josé apaza, o la pintura sin atributos

La obra de Jose Apaza para esta exposición puede ser Caracterizada así: en estos estudios, bocetos, pinturas, la tierra y el cielo nos muestran las cosas y los seres sin calificativos, desnudos de atribuciones que encubran su ser.

Apaza es un artífice que asume una tarea que en otros campos como la filosofía, se ha vuelto importante para poder mostrarnos al hombre y las cosas liberadas de detalles y ángulos superfluos ésto es, sin atributos. Para lograr este punto de vista, nuestro pintor ha sometido su trabajo a una duda metódica, a una amplia recusación, y a todo tipo de criticas aplicadas a las imágenes que absorbe y que son su materia prima.

Reticente, cuidadoso, va descortezando las cosas para poder mostrarlas en esencia. Por esta razón sus protagonistas (escaleras, ancianos, rocas, manos, etc.) se nos presentan sin otra función que la de evidenciar intuitivamente qué es un cuerpo humano, cómo es la roca, en que consiste la espera, qué es la fatiga, cómo se manifiesta el vigor, cómo es la luz reflejada en el regazo de una campesina, qué arremolinamientos mansos forma la densidad nebulosa después de la lluvia … José Apaza diseña solo la PRESENCIA, nada más que la substancia de las cosas y los seres del mundo limitados en su cuerpo y por su finalidad estricta.

Para este programa tan radical que consiste en limpiar la vista para dar con el meollo de toda entidad, el conjunto de la exposición nos ofrece un dejo de aislamiento y pureza donde campea a sus anchas el mundo: personajes de espaldas, miradas de soslayo, atletas enjutos, escenas inmóviles o muy lentas como si les hubiesen sacado el aire y nada se moviera … pero toda esta clausura es en beneficio, insisto, de la PRESENCIA misma; y se preguntaran ustedes ¿de la presencia de qué, si todo es tan hurtado? … de la belleza. Este es, después de todo, el tema en la obra de APAZA, no un paisaje o unas ventanas pintorescas sino el orden ínsito a las armonías de la estética.

Así es el fruto que finalmente nos ofrece, limpio, éste suspicaz artista. Vale la pena confiar en la difícil ascesis óptica por medio de la cual este eremita a transformado el entorno cotidiano, colorido pero trivial, en un desierto donde experimentar el significado desnudo del alma en relación con las Cosas. José Apaza no es un pintor que nos distraiga con la de su vida (como otros) ni con la espectacularidad de sus temas, Apaza es un hombre que ve y nos enseña a ver el cielo y la tierra, el peso y la masa corpórea de un niño entre ellos, el limite preciso y la consistencia de los cuerpos liberados de la servidumbre de la acción y de sus hazañas.

Aunque José Apaza desconfía, seguramente, de toda mención ligera o entusiasmada que vincule su quehacer con la belleza, permítanme decir que el resultado de su fábrica, de su poner en paréntesis todos los calificativos vanos y atributos de entes diversos, nos pone en la posibilidad de vivir una experiencia poderosa de apertura estética al mundo.

Creo que una obra de las características arriba mencionadas, es uno de los homenajes más apropiados para quienes hace veintinueve años, en Tlatelolco, murieron por lograr la justicia; así, sin atributos.

JUAN MANUEL VIVANCO CRUZ
León, Gto. Octubre de 1997

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