Nació en Perú, quizás un día Jueves, entre neblina que abrigó sus lágrimas y un deseo por mirar el mundo. Lo se porque su mirada trae la niebla de las grandes montañas, niebla que ha puesto en las ciudades por mirar el caminar de los hombres.
En este caminar llego a México, quizá atraído por Orozco, Rivera, Siqueiros e imaginar la Historia del Perú en un fresco de mil metros cuadrados. Pero los murales verdaderos los encontró en el caminar de los hombres.
Sin saber de su mirada, supe de su nombre, José Apaza, maestro de dibujo en una Casa de Cultura, sencillo, irónico, iracundo, exigente, crítico fiel del que desprecia la dignidad de la vida, la honestidad, el anhelo de ser. La justicia. De esto hace ya veinte años.
En 1986 expuso en el Museo del Pueblo, ahí conocí su obra en acuarela y mi ser se transformo en pureza, en levedad. Niñas y mujeres indígenas siempre en espera de nadie y velas en llama, levitando, interrumpidas en realidad. La vela mira a la mujer y la mujer al mundo. La vela no es para mirar más allá sino para saber contemplar lo oscuro, la noche, lo que está más allá de la luz: La mujer y la niña mismas, Dios mismo. De esto hace ya catorce años.
En catorce años suceden cambios profundos y se puede consolidar lo permanente. Mis ojos han cambiado y no siento lo mismo que hace catorce años. Era injusto cuando hablaba de pureza, de levedad, de realidad interrumpida. Recuerdo a Picasso que decía: “Dibujar es cerrar los ojos y cantar”. Sí, atreverse a imaginar es el corazón de toda voluntad de ser.
Ahora, en estos días, expone Como Eternos Dados, como si los cuadros se lanzaran al tiempo, a su azar irreductible. Mirar de imágenes. Niebla que disipa la Tierra y el Cielo y los convierte en niebla. Desgastados cuerpos.
Apaza tiene de tema el Tiempo. Jamás es solo la Presencia, pues toda presencia es muda y la presencia misma es un atributo del Destino. Tampoco propone una Teoría del Cuerpo, pues ello seria una Teoría de la Forma y toda forma esta inmersa en el Tiempo. Apaza es un artista en el camino del tiempo.
En su vida y en su obra, el Tiempo es el Eterno Retorno de un Instante. Cada línea tiende a su disipación como línea de fuga y tiende a unirse al permanecer en un punto focal, acto, imagen e instante, pueden ser mirados como pulso vital de la luz. Así podría ser contemplado el Ser, el cuadro, en su devenir siendo, estando, y poder discurrir a un infinito. La ternura, el amor.
¿Qué mirada propone al mundo? No lo se, se da una apreciación subjetiva, lo necesario es darle sentido a esa subjetividad, inducirla en el Tiempo.
Apaza busca una imagen, un personaje que sea la síntesis de una vida autentica, indaga en sus huellas y anda esas mismas huellas. Todos sus personajes son vencidos por el Destino, confiesan sin reservas la severidad de la vida. ¿Desolación? ¿Desdicha? ¿Desamparo? Quizá. Sin embargo, el pequeño triunfo de cada ser es su perseverar en la vida, viven, esto es su esperanza. Padecer siendo. La vida como acto de fe.
Estos personajes son tiempo y Apaza los interviene en ese devenir, la obra vive paralela a sus personajes y si uno de ellos muere el cuadro continua la desolación de su existencia. De ahí que las imágenes sean eternos retornos de un solo instante, vidas paralelas entre artista y cuadro.
Las imágenes de Apaza quieren dejar de ser pero se reafirman en su permanencia siendo. Quieren dejar de ser arte y permanecer en la realidad, en la vida. Quien concilia estos dos momentos es el Tiempo, el Eterno Retorno de un Instante.
demetrio vázquez apolinar