En las acuarelas, el agua cubre el color pero al descubrirlo, lo extiende. El agua toma forma del color que la extiende. El agua lleva el color; el color, la luz. Mientras la luz nos presenta las formas, la sola forma nos presenta las sombras, entre una y otra esta el agua en el color que esta en la luz. Aquí, la ligereza del agua es la medida de su forma; la delgadez, su textura.
Entre la varia invención que tiene el pintor para relacionarse con esos elementos, Apaza busca el otro color del color, la quietud del movimiento, lo flotante de lo que esta arraigado. El agua son sus manos que buscan la forma, el color sus ojos que buscan el límite el contorno. Luz proyectada haciéndose materia, creando imágenes Cause por donde la intuición se disgrega y agrega el alma a lo encontrado.
En la colección RAZA, Apaza muestra un mundo que ve al mundo, sus personajes no se exhiben, son seres que desde el papel nos miran. Observan desde su integridad de quietud a los hombres.
Apaza, pintor y acuarelista peruano, a diferencia de sus contemporáneos, ve una circunstancia de grandeza en cada composición. Lo apacible de la vida regional e indígena, se traduce en una actitud de oración y enfrentamiento con su realidad, con su época. La actitud de sus personajes es simbólica en la medida en que ellos son los que nos miran, de ahí que la apacible quietud no sea otra cosa que la grandeza de la raza, la pureza en relación con la naturaleza.
En AMANECIENDO, NOCHE DE VELAS, PAJARERA y CALLE, se muestran mujeres arropadas siempre en reposo, detenidas, intactas. Casi siempre al lado de una vela, esperando, caminando pero a la vez sin movimiento. ¿Por qué la necesidad de presentarlas con velas y en actitud de espera? ¿qué se espera? ¿la llama alumbra los colores o atrae los colores? Creo que las velas representan la compañía del mundo. Los indígenas encienden las velas no para ver, sino para estar en compañía par al verlas sentirse presentes. De ahí el consuelo entre dos soledades: Llama sola, estoy solo, de Tzara. Así, nace el diálogo entre dos contemplaciones, la vela mira al hombre, el hombre al mundo. La vela no es para ver más allá, sino para saber mirar lo que no alumbra, lo que está más allá de la vela: yo mismo, el mundo.
En la acuarela AMANECIENDO, se ve una niña como si fuera un tronco de árbol, teniendo alrededor las velas. Una intención de vivir dos naturalezas. Una niña en perspectiva, sugiriendo la grandeza a través de su magnitud de inmenso tronco. Las velas como árboles y los árboles como velas. El árbol —dirá Vigenére- de manera semejante a la vela que tiene sus raíces ligadas a la tierra de donde extrae su alimento, el pabilo lo hace con el cebo, cera o aceite, que le permiten arder. El tallo del árbol que succiona su jugo o savia, es igual que la antorcha cuyo fuego se mantiene por el alcohol que atrae a si misma, y las llamas blancas son gajos y ramas revestidas de hojas, las flores y los frutos, hacia donde tiende finalmente el árbol, son la misma llama blanca a la que todo se reduce. En esta comparación el árbol es la niña que absorbe del mundo la savia y alumbra a la vez con su presencia la vida. Apaza, mientras más una estas naturalezas, estará mas cerca de representar, no la actitud de una mujer, sino la trascendencia de una raza siempre apegada a la naturaleza.
Ciertamente, no existe el arte sin la pregunta por lo real. Y ¿qué es la realidad para Apaza? Siento que es la pureza. Apaza sabe que la quietud de lo figurativo es solo un medio para la conformación de la pureza, apegado a una especie de misticismo. El no quedarse en la actitud de quietud es lo que lo lleva a una templanza de todo un género, de una raza. De ahí que recuerde el inicio, los personajes nos miran, es decir, nos observan desde la templanza, no desde una actitud figurativa, esto es apariencia. Por ello, la realidad en el trasfondo es la pureza. Así, en ANCIANA CON VELAS, se vuelve a presentar la magnificencia de perspectiva. Las velas y la anciana, dos soledades, mas bien diría, dos estados, el día y la noche. Dualidad por unir una vez más la naturaleza y de ahí el efecto de trascendencia.
La MUJER CON PÁJAROS, no es la mujer que camina, sino el simple símbolo del hombre que ha aprendido a caminar y que por ello aún lo incorpora a la vida. Un caminar que es un reposo.
CALLE, es una acuarela donde una mujer observa y espera, ¿a quién observa? a los hombres de fuera, al mundo. ¿A quién o qué es lo que espera? No espera, su actitud es su ser. Nos contempla desde su mismidad de trascendencia, desde la pureza y quietud vividas.
Las acuarelas de Apaza entran así a un campo de pureza, de una composición que no habla, sino que desea vivir siempre sobre los colores iniciales, la quietud inicial. Debemos ver, pues, estas acuarelas como si se tratara de colores y figuras vistas por primera vez. La pintura es un asombro en la medida que se encuentra al nivel del color, de su textura y de su composición.
Demetrio Vázquez Apolinar
León, Guanajuato. Septiembre de 1988.