Sigue siendo difícil y aventurado utilizar el término identidad. En su nombre también se han cometido algunos crímenes. En la obra de José Apaza, no obstante, resulta no sólo simple sino reconfortante recurrir a esa definición. Y si no, baste posar con desprejuicio los ojos, hacer a un lado toda posible exégesis para hallarse ubicado, de golpe, ante el luminoso asombro de lo nuestro.
Y decimos lo nuestro sin jactancia ni ánimo folklórico (la pobreza sólo puede ser pintoresca para aquellos quienes tienen como oficio explotarla; para el resto es y será un permanente vértigo); con esos rostros de pieles maduras, recias, secas, y esas presencias constantes que determinan nuestras formas y nuestras esencias: casuchas, tendezuelas, patios, tierras áridas, en fin, andares que hemos recorrido y seguimos andando.
Tarea inútil seria tomar como ejemplo una, cualquiera de las obras que compone esta exposición de Apaza. Esta compacta homogeneidad permite que cada uno de estos trabajos logre el mismo efecto conmovedor, nostálgico y, de no ser por el sobrio y fino cromatismo, acierto indiscutible de Apaza, pudiéramos agregar, desolador.
Al hablar sobre la técnica de la acuarela se corren fácilmente riesgos de naufragar en suntuosos lugares comunes. Se sabe, por ejemplo, de la imposibilidad de enmendar o remendar cuando se equivoca la ejecución del trabajo, a peor aún: arrepentirse. En Jose Apaza no parece vislumbrarse obstáculo alguno, su oficio es firme, seguro y pleno de serenidad; su vocación al color equivale a zonas de recreación y la belleza con que están resueltas sus acuarelas son generadores de sentimientos solidarios, de esa identidad que estremece y enternece.
En el peruano José Apaza son concebibles, a través de sus limpias acuarelas, los signos de identidad: rastros y rostros testimoniales que aseguran con solidez nuestra presencia en la Tierra, en esta tierra todavía no prometida, y por lo mismo real.
Carlos Magdaleno Machaen - 1986
(Director del Museo del Pueblo de Guanajuato)