Sorprende que un artista cuyo tránsito pasó por el Taller Siqueiros de Cuernavaca, fundado a raíz de la muerte del comunista pintor, recurra a recursos académicos tradicionales. Pero en tiempos de apertura artística donde valen todos los recursos de significación, es bueno que un maestro que mucho ha dedicado a la educación infantil y juvenil, opte por el ejercicio de técnicas tradicionales hasta alcanzar dominios que una visión superficial pudiera calificar de académicos. Digo superficial porque en rigor, la hostilidad al academismo ha sido posición vanguardista hoy superada cuando en cambio se proclama la consigna de hacer valer todos los recursos de significación. En bien del poder comunicativo del arte, esto tiene un uso en José Apaza, favorable para dar a entender con signos de fácil lectura, las cosas cotidianas.
Propone José Apaza una teoría del cuerpo. Su preciso dibujo no idealiza sino hace ver los trabajos cotidianos de barrenderas, cargadores y vendedoras. Sin alardes vanguardistas hace que el carbón, el pastel y la difícil acuarela, se sometan a su necesidad impuesta para apreciar la dignidad de oficios desapercibidos en los cuerpos de sus ejecutores que nada tienen de la belleza autodenominada clásica. Los torsos de seres viejos, sus espaldas nada atléticas, advierten una cotidianeidad irreductible a las glorias del artificio aeróbico al gusto de las mentes envilecidas por la publicidad.
Apaza no se instala en la obviedad naturalista. Sus insinuaciones son sutiles y conducen a un placer fundado en la complementación simbólica, esto es, en la puesta en relación de cosas. Tal hace en el cuadro al pastel de Don Andrés con su anciano cuerpo al lado de una fuente adosada a un muro donde se disuelve en la graduación de color conseguida con excelencia. Algo semejante ocurre con el flaco brazo del corredor exhausto y agachado y en proceso de lucha entre desaparecer en el aire o recuperar su corporeidad sostenida por sus flaquísimas piernas. En ocasiones es con la luz que Apaza consigue insinuar algo como en Después de la cosecha donde la luz cae en los exiguos frutos recogidos con asombroso tratamiento del blanco para contrastarlo con los colores de la camisa cubierta por la cobija en tonos cafés y el sombrero que una vez mas se pierde en la oscuridad para no dejar ver si no una parte mínima de un rostro. Hasta puede pensarse que todo esto remite a la importancia de la pobre cosecha frente a la que no cuenta rostro y ropa, sino las manos de pobre con todas sus venas y sus huesos evidentes y sin maquillaje.
Más cerca del realismo según la disposición de cuerpos con fondos sin identidad local, Apaza llega hasta la estación trabajada como fina acuarela donde una parte de un vagón con su correspondiente caligrafía de grafitti, sirve de fondo a la banca en cuyo extremo espera un campesino con su pobre equipaje en bolsa de mecate a sus espaldas. Esa desolación explorada por el realismo norteamericano en los espacios cotidianos, alcanza en esta obra un sentido significante que tiene que ver con el campo, pero también con su penoso tránsito a la enajenación urbana sugerida con el grafitti y con los bien calzados pies con sus vistosos calcetines naranjas y sus zapatos nuevos.
El realismo de Apaza puede llegar hasta el umbral de lo figurativo, como ocurre en Lluvia pasajera. Esta acuarela usa del matiz y la degradación del color como recurso paisajístico en el que basta una masa pétrea como cuerpo tendido para darle profundidad y sentido desolador al excelente cuadro en cafés.
Por todo lo dicho, José Apaza ha trabajado de manera de deconstruir con buena fortuna la tradición académica con sus técnicas y sus modos de representación, en beneficio de un realismo que hay que ver despacio y con profundidad a fin de evitar la rápida visión impuesta lo mismo por la publicidad y la industria del espectáculo, que por el vanguardismo efectista. Rescatar el tiempo en el tiempo como lo quiere Schiller, es virtud de la obra de Apaza para superar las prisas y gozar de un tiempo de recuperación de la vida cotidiana con su sujeto trabajador, con su paisaje en crisis entre lo rural y lo urbano y con una corporeidad digna irreductible a perversiones y exaltaciones racistas. Véase con toda calma para romper el tiempo productivista, pudiera ser una buena recomendación para el goce pleno de esta excelente exposición.
Alberto Híjar Serrano.
Tlalpan, Mes de la Patria del 97