Nació en Perú,
quizá un día jueves
entre una lágrima
y un anhelo de saber mirar
el color del mundo.
Lo sé porque su mirada
trae la niebla de las grandes ciudades,
niebla puesta en los caminos
para el diálogo entre los hombres.
Llegó a México
atraído por Orozco, Rivera, Siqueiros
e imaginó la historia del Perú
en un fresco de mil metros cuadrados,
pero los murales verdaderos
los encontró en el caminar de los hombres.
Sus cuadros,
"como eternos dados",
se lanzan en el tiempo en azar irreductible
y hacen niebla a quien contempla, y toca,
desgarrados cuerpos.
Todos sus personajes
son vencidos por su destino,
confiesan su desolación,
su desdicha, su desamparo.
Les queda perseverar en la existencia
como su verdadero triunfo.Vivir.
En la esperanza de la vida
quien hace encarnar el suspiro como acto de fe.
El tiempo de esos cuadros
es el tiempo de quien mira, paralelos,
uno en el otro se contienen, se continúan,
aparece lo infinito de una ternura en la pobreza.
Dyma Ezban
El destino del cielo. Sexto escrito
Ed. Áltera, S. L., 2002
Barcelona, España
En su horizonte,
Apaza pinta el pintarse en el cuadro,
entrar y salir del lienzo es su vida,
hasta que la pintura lo impregne
para siempre y no lo deje salir,
lo deje en su memoria
como él impregna los rostros
de soledades cercanas,
de rasgos de tiempo,
de su silencio oculto.
Rebelde.