DE COMO UNOS ARRIEROS QUE ¿NADA? SOMOS, POR EL MUNDO NOS ENCONTRAMOS

por Fernando Nieto Cadena

(Artículo en ‘El Sol de León”, León. Gto. 1985 con motivo de la exposición “Arrieros Somos" )

No sé por qué motivos (en realidad sí los sé pero no es conveniente que los escriba ya), estas acuarelas de José Apaza me nublan de nostalgias supuestamente ya abatidas. La necia y cruda realidad de sus dibujos me arrinconan bajo los recovecos de una memoria abierta a unos atardeceres siempre presentes y vivos, abrumados de distancia y lejanía. Estos dibujos, estas acuarelas, me han derrotado. Me he visto (perdonen la tristeza) en media plaza de algún andino pueblo de mi país, ese país con nombre de línea imaginaria -Ecuador, al mismo tiempo que me llegaban imágenes de un pueblo peruano en el Perú, como diría Vallejo. Y sin embargo, las manos, los rostros de los personajes, el color de sus vestidos y ese dolor de siglos plantado en sus ojos, no reproducen cotidianidades de indígenas sudamericanos. Repiten visiones de estas fraternas tierras mexicanas, donde la solidaridad tiene la fresca sabrosura de un vaso de agua al mediodía. Son Chamulas. Y así está dicho todo. Lo demás viene en la eficacia de su pincel desnudo de pedanterías pseudovanguardistas que casi siempre son ilusorias vías de escape hacia la nada, cuando la sofisticación y la extravagancia son sus únicas armas notables.

No. José no ha caído en las veleidades de las modas pintureras. Tampoco es un tradicionalista, no es de los que sueñan con edades pretéritas ni cree en los sofismos de que todo tiempo pasado fue mejor. Para Apaza este es su tiempo y es el mejor tiempo para su existencia, para el testimonio de su (nuestra) época que podrá ser (lo dijo Ernesto Cardenal) bárbara y bélica pero es profundamente poética.

Si de algo puedo yo hablar (mejor dicho, escribir) es de la poesía, creo yo. Por eso, estas acuarelas me remiten a ese enorme telúrico y universal poeta compatriota de José que es (porque lo sigue siendo) César Vallejo. Ese aliento andino que recorren sus versos siempre humanos tienen eco en los ocres y azules de Apaza, son como la transposición de añosos poemas serranos vertidos en pinceladas eficaces, nutrientes de emoción y pasión. No es mi culpa. Las únicas relaciones que dictan sus cuadros son de orden poético. Es posible que los conocedores del oficio encuentren semejanzas, influencias y otros desbandes propios del puritanismo estetizante, A mi me sugiere versos y versos de aliento entrecortado por el ‘ardor’ del páramo, con ese frío mortecino que nos obliga a poner el cuerpo en la pose inicial de nuestra cercanía con la vida.

Sobre todo, las pinturas de Apaza me hablan de mujeres y hombres que transitan con su cotidianidad como quien la carga sobre el hombro, con la entereza y decisión de quienes de la vida recibieron un saldo de cuentas amañado por siglos de explotación, vamos, de colonialismo. Es decir, me llega un soplo de humanidad. Esto es lo más importante: sus cuadros resultan cómplicemente humanos. Y en ese humanismo desbordado de Apaza encuentro lo más valioso de sus acuarelas, porque a estas alturas del siglo, seguir siendo humano ya es mucho cuento. Y eso me basta.

índice de artículos